Palabras de Presentación del Libro "Bajo Cero" de Zoila Capristán

El libro Bajo Cero de Zoila Capristán me ha suscitado unas preguntas que quiero compartir con ustedes. Para evitar conflictos de género con la autora, feminicemos las preguntas. ¿La mujer puede encontrar la felicidad en la tierra, o está condenada a la frustración y la desesperación? ¿Tiene la mujer el poder de la elección, el poder de elegir sus objetivos y, para alcanzarlos, ser titular del poder de dirigir el curso de su vida? ¿O es ella un juguete indefenso de fuerzas más allá de su control, que determinan su destino con crueldad? ¿Puede la mujer, por naturaleza, ser valorada como buena o despreciada como mala? Éstas son preguntas metafísicas. Las respuestas a estas preguntas requieren de abstracciones, que podemos llamar juicios de valor metafísico. Dado que tales juicios son tan amplios, extensos y complejos, ninguna mente humana podría aplicar adecuadamente los principios que nos permitirían darles respuesta y ordenar nuestra realidad de modo que podamos entenderla. Un intermediario es necesario, un puente que nos permita salvar el inacabable abismo que se extiende entre lo abstracto y lo concreto. Este intermediario es el arte, el que, en su sentido más amplio incluye el mito, la leyenda, los íconos religiosos, los libros de poesía, las novelas, las películas o los cómics. Siendo un intermediario entre lo abstracto y lo real, y estando sujeto a la manifestación del artista, el arte es una recreación selectiva de dicha realidad, estando subordinada, en primer término, a los juicios de valor metafísico de un artista, que proyecta sus abstracciones en el libro, el lienzo o la película. La razón por la cual el arte tiene un profundo significado personal para el propio artista es que el arte confirma o niega su propia conciencia, en tanto propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimente, según se apoye o se niegue en su punto de vista sobre la realidad. Luego, el arte está sujeto a la apreciación del público que la observa y la juzga, que la interpreta y la cuestiona, coloreada por sus valores personales, arraigados en su psique, o por cualquier grado de impacto emocional que la obra tenga en ellos, llegando en algunos casos a cobrar existencia más allá de lo pensado o proyectado por el propio artista. En tal sentido, el arte no es un objeto de lujo sino una necesidad crítica de la vida humana, no una necesidad material, sino una necesidad de la mente racional del hombre, la facultad de la que depende su supervivencia material. En efecto, preguntémonos ¿Cómo comprenderemos el mundo que nos rodea y nos es hostil sino tenemos una manera de escribirlo en un poema o de volcarlo en un lienzo? ¿Acaso no hemos aprendido con el evangelista que al principio era el Verbo, y luego éste fue hecho carne y habitó entre nosotros? Además, el arte es tan importante que, sin ambas proyecciones, o careciendo de alguna de ellas, la mente humana no sería capaz de llevar a cabo plenamente su función como parte de un organismo vivo, que somos todos nosotros. En una sola frase, con el arte, pensamos. Sin él, nos embrutecemos. En tal sentido, el propósito del arte en este libro, Bajo Cero, es la concreción del punto de vista fundamental de la mujer, de sí misma y de su existencia, que coincide con lo que el hilo de nuestras reflexiones busca demostrar. No es su propósito, ni debe serlo, expresar de forma acrítica la realidad, o de darle únicamente un contenido orientado hacia la bajeza, la ruindad, el mal, la inestabilidad emocional, el regodeo en la miseria y la depravación, como si fuesen los únicos atributos del humano actor. Esto, como sabemos, ha ido ocurriendo con gran parte de la literatura contemporánea, y muchísima de la literatura peruana. Felizmente, no es el caso de la obra que presentamos. Nuestra autora da a su libro un trance de agonía, en el sentido griego del término, la lucha o combate por la vida humana, la contienda postrera contra la muerte, ese ministro inexorable que no dilata ejecución alguna, como escribiera el autor de Macbeth. Eso puede producir en un espíritu asertivo y sensible como el de Zoila Capristán un ansia o deseo vehemente, la angustia o la aflicción. Observamos esa ansia cuando la poeta nos dice “invoco al fuego para incinerar mi carne / que no quede átomo alguno en la tierra / cuando la nave llegue a su destino / ¡ningún rastro mío se levante!”; el deseo, cuando observa “caen de maduros los besos que no te di / deseos se deslizan violentos bajo el ombligo / cuando tus manos imaginarias acarician / fluye la costra de la piel / se desliza el caparazón”. La angustia queda patente en varios de los poemas de Bajo Cero. Por ejemplo, cuando nos advierte “el frío me cala / en el fondo no hay sitio / anudarse la garganta fuerte /muy fuerte”; o, “evoco la tristeza de la lluvia que taladraba mis párpados / al perfume del barro / tarde que se desmorona quejándose de frío”. Finalmente, la aflicción se deja sentir cuando escribe: “fue el acto del profeta / el día en que los pájaros encumbraron vuelo llorando / cuando de mi cuna crecieron enraizadas rosas negras / ¡la nefasta noche en que nací!”. Sin embargo, en esa lidia contra la muerte, nuestra poeta, esta Minerva Mirabal de la literatura peruana que se enfrenta contra la dictadura del pobrismo y la decadencia humanas en nuestras letras, cuando dice “que delire de día / inventando el lienzo de lo cotidiano / por la noche, ahuyente las estrellas que se desmoronan por los deseos / que las calles solitarias se compongan de partituras / que transite la vergüenza desnuda y en el cuerpo quepa la libertad”. De esta suerte, Bajo cero se distingue por su heroicidad, un valor escaso en nuestra literatura más reciente. La poeta llama a la acción, diciendo a las mujeres “cultiva tu raíz en el abismo / la cicuta poco a poco inmuniza / rompe las tablas / como serpiente que muta de piel”. Finalmente, cabe argüir que muchos de los actuales poetas, escritores y artistas peruanos, al alabar esta descomposición integral del ser humano, contribuyen al embrutecimiento general de nuestra sociedad. Son, al decir de Zoila Capristán, “verdugos asalariados que cumplen su deber”. Cuando esta baja policía literaria se mofa e insulta a aquellos creadores que intentan tomar otra acción, valor o actitud en sus obras, como la libertad, la solidaridad o la equidad, a las que toman como una caricatura de la esencialidad humana, se convierten en los cómplices de este genocidio cultural, “los buitres en espera”, como versa nuestra poeta, de reclamar su parte, añado yo. Al plasmar el miasma en su literatura como si fuese la esencia del hombre, la única variable o tema de sus creaciones, son los albañiles de este muro que se ha construido entre el pueblo peruano y su cultura. Pero el alma de la literatura peruana no es una cloaca, como tampoco lo son las almas de sus personajes, y ciertamente no lo es el alma del Zoila Capristán, que aspira, parafraseando al verso de Vallejo en La cena miserable, a que “todos hayan comido pan ese día” (Y cuándo nos veremos con los demás, al borde de una mañana eterna, desayunados todos). Los poemas de Bajo Cero fueron hechos para tiempos como éstos, donde todos los creadores se solazan en la podredumbre, donde cualquier persona interesada en el progreso, el bienestar y el desarrollo del entorno en el cual vive, y en el suyo propio, es un paria, un ignorante, un ser despreciable, y donde es difícil considerar que constituye una obligación moral que el arte represente una versión ideal de la realidad. De allí que formule como principio que el arte debe tratar de elevar e idealizar el espíritu, incorporando las ideas sobre la naturaleza compleja, valiosa y heroica de la vida humana, así como sopesar ese valor frente a los otros; que el sentido de la vida de un artista es el combustible de su voluntad; y que, si tiene voluntad, entonces el aspecto crucial de su vida es su valor, pues debe crear el arte a su imagen y semejanza. Ése es el arte de Bajo cero. Ése es el arte de Zoila Capristán. Muchas gracias.