Elogio a un Joven Poeta Romántico

Justo cuando parecía a este escriba que todo estaba perdido para el amor romántico en la poesía, aparece, con vocación y elegancia, el libro de Roy Davatoc, Alma, cuando un corazón emigra. Sus poemas nos revelan lo realmente auditivos que somos los hombres, lo sensibles que llegamos a ser, sin perder nuestra esencia masculina, viril y resuelta. Nos informa, a todas luces, cuán enamorados podemos estar los poetas, lo poco que nos importa la opinión de todos cuando queremos dar sentido a ese amor, y cómo le somos leales a pesar del mundo que descree, que pontifica, que todo lo enfatiza para sí. No importa lo que diga la corrección política o cultural imperante, que aliviana el amor, que lo empequeñece hasta el delirio, que obsesivamente busca novios y busca novias sin primero mirarse al espejo con atención, que usa al amor como abono para cultivar sus neurosis: los hombres – y en particular los hombres que escribimos poesía – somos esencialmente románticos. Allá ellos, ellas y los desabridos dilemas a los que son tan afectos. Hurtando un verso del joven poeta, diremos que la noche de este pseudo realismo, superficial – y por eso mismo, dañino – insiste en que dejemos la esperanza en el texto romántico. Con Roy Dávatoc, les respondemos que “al final nada era oscuro / sólo más luz / que despertaba un alma generosa / mientras nos abatíamos nostálgicos por dentro”. Hoy que la casi unanimidad de mujeres escritoras se toma con ligereza, sarcasmo y egoísmo la naturaleza compleja e inagotable del amor, o lo pretexta para inflingir cobardes venganzas, donde prácticamente cada post de sus blogs es una relación concluida de mil y una maneras, y donde cada una de esas relaciones es expuesta en sus indigencias personales ad nauseam, sin permiso ni derecho a réplica, Dávatoc nos advierte que ellas están “en el tránsito insano de la sombra”. Mientras la poesía femenina del Perú se descubre realista, seca como un martini, despojada de los otrora relámpagos sentimentales que tanto conmovían, en tanto que los demás poetas conviven – también como ellas – en el cinismo y la superchería, Roy Dávatoc aparece recuperando lo primordial de la poesía. Sus textos insisten en dejarme una esperanza que creí moribunda, como ya he dicho: la de dedicar el poema a una mujer, la de no abandonarse a la desesperación de la ruptura, la de ser el idilio. Y de verdad la avizoré en el trance de su agonía, pues nada más atormentado, ni delicioso, ni creativo, que amar con pasión al ser amado, sabiendo que nos dejará o no nos corresponderá. Entendámonos: si las mujeres fuesen auditivas, los sensibles poetas pereceríamos sofocados en su tumulto apasionado cada vez que les leyéramos un verso inspirado. Por eso te doy las gracias, Roy Dávatoc. Por tu poesía cardinal, valiente y veraz. Tu poesía es la voz puntual que se alza, bella y espléndida, como una ola encrespada, sobre las rocas negras del realismo poético que no seduce ni inspira, y, a la usanza de los juglares antiguos, dedicas tus textos a la joven que amas. Tu amada es el ave nocturna; las mil navajas blancas, bellas y diminutas; a Denise suspendes tu corazón, y se hacen sus labios nupciales para amarla. Y tú eres, para tu amada inspiradora, la noche de gélidas golondrinas, un tribunal de paredes que la detiene, el agua o el aire prolongado que la cobija y la besa. La llamas, vuelves a ella, le pides recitar tu poema, cuando tus manos cedan refugio al desconsuelo; es decir, cuando ya nada importe, cuando la belleza, que tanto obsesiona a las mujeres, se haya marchado ya, y sólo nos quede la voz, la palabra incesante, el verso pleno de fulgor. Me atrevo a citar a nuestro joven poeta. En uno de sus poemas más logrados, “Entendimiento”, Dávatoc nos dice: “Y tú vienes a descubrir que he nacido / vienes a entenderme / en esta frágil carne / que crece con ríos y maizales / con pájaros y peces”. En “Retorno”, otro muy buen poema, el joven autor argumenta: “Vuelvo a ti / con el lomo salado de tempestades / con la humedad podrida en troncos silvestres / atragantado de palomas, de peces / de troncos y poemas como viruta en el alma”. Y así como el Rey Poeta, Salomón, quien en su Cantar de los Cantares (ese texto flamígero que nunca es leído por los sacerdotes en las bodas ni en las misas) escribe “como panal de miel destilan tus labios, oh esposa; miel y leche hay debajo de tu lengua”, Dávatoc apunta “regresé / a escarbar pan y miel en tu cuerpo”. Asimismo, en Petición, quizás el mejor poema del libro, el joven poeta nos señala: “amor / cuando el sol me escupa al silencio / y me aborrezca tu luz / cuando tus manos / cedan refugio al desconsuelo / precisamente ahí / cuando sientas que la tarde te acosa el afán / quiero que leas este poema”. Dicho esto, permítanme explicar brevemente mi identificación con la poesía de Roy Dávatoc, y más particularmente, con sus motivos. Hace más de una década escribí mi primer libro, En los sótanos del crepúsculo. Confieso ante ustedes que lo hice movido por el deseo que mi novia de entonces volviera conmigo, antes que por la obsesión de publicar al fin de los noventa. Ella no volvió a mi lado, y el libro siguió el impredecible curso de los lectores llevados entre la sensualidad, el amor y la ternura, sin desembarcar permanentemente en uno de esos puertos. Empero, nunca me he arrepentido de haberle dedicado a ella este libro mío, aunque jamás volvamos a estar juntos. Con esa idea en mente, quisiera concluir diciéndole a Roy Dávatoc; no pierdas la fe en el amor apasionado; que la tormenta y el ímpetu sean tus guías, joven poeta; que la furia cegadora y encendida de la creación no te abandone nunca. Lee, viaja, vive, ama y bebe el vino “del mutuo amor o de la roja pelea” como escribiera el divino Borges, pues, como dicen los árabes antiguos, “libros, caminos y días dan al hombre sabiduría”. Por eso, emocionado intensamente por la aparición de este poemario, hago míos los últimos versos de uno de sus textos, y que resumen su pasión: “se quedan contigo mi alma / mi voz / y mi palabra”. Muchas gracias.