ENTRE LA LIBERTAD Y EL FEMINISMO

Así como la orquídea es una flor espléndida, que tiene un pétalo más desarrollado que los otros, la antología de veinte jóvenes poetas que nos presenta Iván Fernández – Dávila nos ofrece a artistas múltiples, que poseen, no obstante tal condición, un instinto especialmente dotado para el género príncipe de las letras. De este modo, el compilador clava, más que coloca, el punto sobre esta i esquiva y peligrosa que es mostrar la más reciente poesía hecha por mujeres en el Perú, escenario no exento de susurrantes envidias, síndromes de abejas reinas y odios desembozados, dado que forma parte del mismo territorio, cainita y antropófago, de la literatura contemporánea del país de desconcertadas gentes en que vivimos. Como soy un contemplador o voyeur estético de los textos de las jóvenes poetas que integran esta antología, permítanme guiarlos en este viaje por la poesía femenina peruana del siglo XXI con una idea fuerza que, a pesar de provenir de un iluminista escocés del siglo XVIII, tiene una sorprendente actualidad, como veremos. Para el conocimiento común, Adam Smith es el padre de la economía. Pocos saben que Smith fue, sobre todo, un filósofo moral y un teórico de la estética, y que la cátedra que tuvo en la universidad de Glasgow, hasta su muerte, fue la de retórica y “bellas letras”; es decir, lo que hoy denominaríamos, lingüística y literatura, y que comprendía el estudio de la estética, de la belleza y la poesía. La hoja de ruta de esta travesía es un texto inédito en castellano, sus Lecciones sobre retórica y bellas letras , que comprendía el curso sobre Retórica y Arte al que aludimos, y que fueron tomadas por un anónimo estudiante suyo en el período de 1760 a 1775, tiempo que nuestro autor dictó esta materia. Durante mucho tiempo conocido, pero inédito, el manuscrito original vio la luz tras una subasta pública en Londres, en 1958. ¿Y qué nos dice? Que la contemplación estética (en este caso, la lectura de la poesía femenina) nos proporciona una visión moral del mundo, que resulta la compañía natural de esta visión. Además, que la apreciación de la belleza es un principio de crecimiento espiritual, pues a ella van siempre asociados los sentimientos universales más elevados y nobles. Finalmente, que el arte, en todas sus sublimes manifestaciones (y para Smith la poesía era la más sublime de todas ellas) es una fuente de conocimiento, intuitivo pero cuantificable, acerca de uno mismo y de su entorno . Si aplicamos estos criterios, podremos darnos cuenta que la poesía, como expresión del arte, no está sujeta a apreciaciones incuestionables e inmutables, sino que cambian con el tiempo e, incluso, con la idea que de la misma tenga un ó una poeta. Se trata de la sucesión de una variedad de gustos o modos de escribir, de crear, de entender lo bello, según se trate de un individuo, una nación, un género, una tradición o un momento histórico. Si bien lo dicho hasta aquí parece una verdad de Perogrullo, para la literatura peruana no lo es. La poesía hecha por mujeres en el Perú del siglo XX ha estado constreñida por una idea preconcebida, incuestionable, que no acepta críticas, única, feminista, inamovible, de inspiración colectivista, que juzga la creación de las poetas mujeres desde su discriminación, su marginalidad y su participación en determinadas luchas sociales . Para las defensoras de estas tesis, la sola mención de diversidad en la poesía femenina contemporánea – incluso desde las propias y variadas tesis feministas, que discrepan entre sí: el feminismo anarquista, el militante, el de derechas y el de izquierdas, el que concibe a todas las opciones sexuales como iguales el que reivindica únicamente al género femenino – es sinónimo de traición a las mujeres, complicidad con el conservadurismo y el machismo, claudicación de los postulados de lucha por los derechos de las mujeres y revisionismo. Como Smith nos enseña, con acierto, la naturaleza de toda manifestación artística es la de estar permanentemente expuesta a las tensiones entre la tradición y la ruptura, con la capacidad del artista de romper, con su desfachatez e insolencia creativa, con su genialidad y disciplina, con las reglas imperantes, trascenderlas, y establecer una nueva visión estética. En ese proceso de ensayo y error, la individualidad del artista es vital, incluso para discrepar con la visión de su propio género. Y la visión feminista que he detallado es hoy el statu quo imperante, el canon que encorseta la forma que tienen las mujeres peruanas de escribir, de crear y transmitir sus sentimientos, evocaciones e impresiones. No olvidemos que, si defendemos los derechos de las mujeres, lo que éstas hagan con ellos es su sola y personalísima decisión. No tenemos que irritarnos ni hacer un llamado a la indignación si siguen un camino que no nos gusta. Por supuesto, tampoco nos escandalizaremos si las artistas deciden renunciar a su libertad de crear y auparse a los cánones vigentes, para mejorarlos o reproducirlos, sin cuestionarlos. En ambos casos, lo que este comentarista apunta es que las creadoras sean conscientes del camino que siguen. Que sean honestas y auténticas, que respondan con juicio y criterio a la ruta que se han trazado. Tengo otra poderosa razón para seguir la tesis de Smith en su teoría estética: para él, la poesía es el género supremo del arte, puesto que se sirve del medio más perfecto y expresivo, el lenguaje, cuya capacidad y flexibilidad formales y de significación no tienen parangón. En ese contexto, la antología Voz Orquídea es una sorpresa. Asombra por su inquietud, su deseo de expresarse, de contar, de exponerse. Las poetas no se han guardado nada: fluidos, pasiones, miedos, vísceras, sueños, egos, manías, firmezas, todo acude en un solo de sonidos cuyo volumen no cesa de aumentar. Desconcierta por lo que denominaré umbralidad: son los textos, estrenados y jóvenes, de poetas de un siglo nuevo, ad portas de algo desconocido e insomne, para quienes las luchas por la independencia y la igualdad de las mujeres – tan propias del siglo pasado, dicho esto en todos sus extremos – son lejanas y, me atrevería a decir, ajenas. Veamos: las creadoras aludidas viven la libertad; ya tienen sus derechos establecidos y deben luchar por hacerlos respetar, como todos; son partícipes de un tiempo donde los países, las empresas, los ejércitos, las profesiones y la cultura tienen como sus líderes a mujeres. Es decir, como escribió Magda Portal, otra escritora peruana incomprendida en su tiempo, las mujeres comparten con los hombres su lucha contra la desigualdad, la discriminación, la exclusión, la falta de oportunidades y de bienestar, en las mismas condiciones. Nuestras jóvenes creadoras se encuentran en una región ignota tanto para ellas como para sus mayores – porque no tiene precedentes en la historia – y que, como sabemos, no ha dejado, pese a lo avanzado, de ser hostil, y al cual se le teme, precisamente porque no se le comprende; y, donde sus antecesoras temen haberles dado la llave de esta caja de Pandora – sólo para ellas y las ideas supuestamente inconmovibles que defienden, por cierto – que es su libre albedrío y su capacidad de disentir. Quizás por esa misma razón los temas de sus poemas nos parezcan, a primera vista, tan propios e individuales: la reverberación del yo, en Karen Quintana, Lina Ágreda y Ángela Vera Temoche; su femenina desazón ante la soledad, el despecho y la muerte, en María Rumaja, Verónica Cabanillas, Leydy Loayza y Jennifer Castro Morante; el sexo sucio y sin goce en Claudia Incháustegui, Elena de Yta e Yllari Briceño; la familia, ora excelsa, ora no tanto, en Carla Astoquilca, Zoila Capristán y Noraya Ccoyure. Por su parte, Denise Favre, en su texto Reinos nos entrega un alma sensible y desgarrada que se libera para exteriorizarse. Su pasaporte será untar con aceite el cuerpo del amor que la atormenta y la acosa. Lisette Crespo tiene un texto muy interesante, Sólo en masculino, donde dice, mis manos pudieron ser la mujer que ahora besas. Tal reacción es natural: en su esfuerzo por comprender el mundo que les ha tocado en suerte, sus tópicos deben ser aquéllos donde se ubican con mayor seguridad. Sin embargo, es el tratamiento que les dan lo que revela su singularidad, su solvencia, su insolencia creativa. Y es que, parafraseando el poema de Ángela Vera, las orquídeas de nuestro libro son así / incendiarias / un ser de ojos rojos / y alma de metal. Por otra parte, para quienes nos solazamos con la contemplación erótica, a la vez de la crónica exhausta y celebratoria del frenesí de los amantes, desasosiega la exigencia perentoria de Inchaústegui y De Yta; hiere el despecho del amor no correspondido, o la torpeza masculina en estas cuestiones, fielmente retratada en la mayoría de las antologadas, dejando en claro que los hombres aún no aprendemos de nuestros errores, ni tenemos la suficiente claridad o valentía para amar del modo en que se describe en estos poemas. Creadoras, hijas de su tiempo, mujeres. Voz Orquídea es la antología de la poesía femenina que vendrá, de modo inatajable, cual amanecer que se separa lentamente de la noche. Como en el verso de Blanca Varela, la mejor poeta peruana del siglo XX, sus voces llenan el mundo. Así, las voces de estas jóvenes poetas llenan el mundo en el que vivimos, y son el preludio del que está por venir.