Palabras de Presentación del Libro "La Flor de la Gata" de Eva Velásquez

El brillante libro de Eva Velásquez, La flor de la gata, me ha suscitado un conjunto de reflexiones que quisiera compartir con ustedes. Un tópico tradicional o de lugar común en cuanto a hablar de la poesía escrita por mujeres es el de su diferencia y especificidad. Se alude a esto en cuanto los horizontes de percepción y experiencia de las mujeres son distintos de los hombres, son dos géneros divididos y contrapuestos, y las estructuras sociales diferencian de modo puntual a unos de otros. ¿Perciben de modo distinto los poetas a las poetas? Tengo la impresión que no. Empecemos por lo básico: si en este momento nos cayese a todos un balde de agua fría, todos percibiríamos la gélida humedad del agua empapando nuestras ropas. ¿Y si nos impactase una bala en el pecho? ¿Acaso no sería sentiríamos el dolor, la pérdida de sangre y el desvanecimiento consecuente? En rigor, todos sentiríamos el agua y la bala, pero, como seres individuales que somos, percibiríamos todos ambas sensaciones de modo distinto, único e irrepetible. En ese sentido, lo que desafía a la lógica y a la razón es que las mujeres, dado que son mujeres, perciban esto todas ellas de modo igual y equivalente, y los hombres, todos nosotros, siempre de modo distinto a las mujeres. Si el horizonte de percepción entre hombres y mujeres es tan distinto que roza el conflicto y el divorcio permanentes, ¿cómo fue posible que José Rosas Ribeyro y Elqui Burgos, eximios poetas de la década del setenta, con una obra reconocida internacionalmente, pudieran construir los tres poemas emblemáticos de la poesía femenina peruana contemporánea, Soy la muchacha mala de la historia, Como tú lo estableciste y Tímida y avergonzada en 1973, en base a los textos desarticulados pero sentidos que les alcanzara Hildebrando Pérez un año después de la muerte de María Emilia Cornejo? Y, por esta causa, me pregunto ¿Acaso estos poemas pierden su condición de ser íconos de la vivencia poética de la mujer en el Perú? ¿Sólo por qué son reescritos por hombres? ¿Tan estrecha, tan rígida es esa visión? Si todavía siguiésemos considerando que la percepción poética de los hombres es distinta a la de las mujeres, tal circunstancia es confrontada con el famoso poema Otra vez Amarilis, de la inventada poeta ecuatoriana Márgara Sáenz, y cuya verdadera autoría se la disputan Antonio Cisneros, Abelardo Oquendo y Mirko Lauer, que dice: El tiempo ha pasado y vuelves a mi memoria. Tu auto trepando hacia la sierra, la Cream – Rica ¿recuerdas?, volteando a la derecha, todos esos moteles. Entonces éramos nosotros; no tú, no yo. Me quiérote, te gózame, me amándonos, decíamos. ¿A quién llevas ahora? contigo entre las piernas ¿quién pega de alaridos y triza los espejos donde nos repetíamos bestiales y dulcísimos? ¿Qué otro vientre recibe tu miel mía, peruano? Di qué frívola puta, qué sórdida hipócrita limeña, qué casada cuidadosa del cornudo. Hijo de perra, ¿lo haces? Pero allí no, nunca, con nadie vuelvas a la habitación 35. Que se te muera para siempre, que se te pudra si regresas. Una vez dije allí no ¿recuerdas?, dije después donde quieras. Tú me observabas igual que un entomólogo, eras un médico lascivo examinando a una muchacha muerta de amor: no hables, eres una muñeca, un cuerpo sin voluntad, y me tocabas probándome y fui un durazno de esos que se abren con la mano. Un durazno, dijiste a mis espaldas, a la luz de la tarde, separando con suavidad mis carnes, descubriendo lo que ni yo conozco, mi zona más oscura, la que guarda esa caricia atroz, obscena y tuya que no olvido. Júralo: no has de volver a esa cama con nadie. Me has negado tu cuerpo, el que gustaba mirar impúdico y erecto viniendo a mí, el tuyo que era el mío. Concédeme esto entonces: anda a otro sitio a hacer tus porquerías. O vuelve a la habitación 35. El tiempo ha pasado, ya no hay sino recuerdos y Amarilis qué puede sino juntar palabras. Ahora somos tú y yo, no existe más nosotros. Uno y uno, dos solos: yo y esa mierda que tú soy y yo añoras, desgraciado. Cabría preguntarnos si Abelardo ó Antonio eran el médico lascivo pródigo de miel y, a su vez, Mirko la muchacha muerta de amor que se abre como un durazno. Bromas aparte, de todo esto puedo hacer mío el argumento de José Rosas Riberyro, en su artículo Poetas falsos / poemas verdaderos, quien sostiene que la “identidad sexual no es algo fijo e inmutable y que, por lo tanto, bien se puede en la literatura asumir una postura femenina siendo hombre y ser absolutamente verosímil”. Por su parte, Eva Velásquez hace una magnífica interpretación de las sensaciones que tendría nuestro poeta universal, César Vallejo, al estar en Quilca hoy, las cuales comparto y aprecio como semejantes a las mías propias, sin tener yo que usar faldas, por cierto. Al final de su poema, nos dice de Vallejo que “una luz llega del cielo, lo envuelve y se lo lleva en silencio, sin testigos, sin más sufrimientos”. De allí que sostengo que la excelencia poética de Eva Velásquez no proviene de su condición de mujer de modo unívoco, si no de su condición humana, de su acendrado espíritu literario. Es una poeta y punto. No hay apartes, añadidos ni acápites. Si, como Eva dice, tira los dados al aire esperando una respuesta, la que ella busca es ésta: Que la poesía no depende ni puede depender del género. Que el talento de las mujeres escritoras y creadoras en el Perú en verdad será, cuando ellas se deshagan del corsé feminista que las ata y las condiciona, y sean verdaderas librepensadoras. Nuestra poeta escribe con las sandalias rojas amarradas a los pies. Es decir, sabiendo bien donde pisa. Y calzada con su propia creatividad, no teme transcurrir por los caminos procelosos que surgen de enfrentar el discurso del poder, hasta escribir desde ese mismo discurso totalizador y homogéneo, como cuando nos dice Silencio circular buscando arena / cruz sin Cristo encendida arrogante / desnudez total de mi alma / acércame a ti, o La lluvia y el espejo / también buscan a Dios. Si hay algo que debemos sostener en estos casos, y que Velásquez comprende plenamente, es que el compromiso no debe atenazar la libertad creativa del artista. Y esto me lleva a dos temas centrales de la literatura escrita por mujeres, que se nutren perversamente: el primero, haber convertido la discriminación que padecen en una coartada para la mediocridad, en un discurso político desprovisto de contenido y en una herramienta de manipulación contra la sociedad. El segundo, la posición de los críticos literarios peruanos, de negar la importancia de la literatura femenina sin estudiarla, argumentando ¡que no hay estudios sobre la misma! En el primer caso, como argumenta certeramente la politóloga vasca Edurne Uriarte, columnista del diario ABC y miembro del Colectivo ¡Basta ya! en su libro Contra el feminismo: “No caigamos en la tentación de la inocencia que tan bien expusiera Pascal Bruckner, la ideología victimista que este filósofo francés ha definido como la inversión de la teoría de la Mano Invisible y cuya definición merece la pena reproducir por su capacidad para explicar algunos de los malos usos del feminismo: "Tras el caos de los hechos y de los acontecimientos hay un destino malvado empeñado en nuestra desgracia, que trata de herir y humillar a cada uno de nosotros en particular. Cuanto más libre se pretende el sujeto moderno y más trata de extraer exclusivamente de sí mismo sus razones de ser y sus valores, más propenso estará, para liberarse de la duda y de la angustia, a invocar un fatum cruel, un desorden premeditado que lo mantiene bajo su autoridad y lo destruye de forma subrepticia". Como resultado de victimizar desde el feminismo, toda crítica válida y legítima a la actividad, creación e iniciativas de las mujeres es tenida como el golpe de un troglodita. A su vez, toda obra realizada por una mujer es buena per se, dado que la autora es una mujer. Y, sobre todo, que la mujer sólo puede escribir, pintar o crear desde la corrección política, desde su posición de género – la cual ha reemplazado, para todos los efectos metodológicos, a la posición de clase – y únicamente en los temas que las feministas les dictan. Salirse de esos temas es traicionar al género, de esta suerte, y las feminazistas son las nuevas comisarias culturales del siglo XXI: sólo son “sanas y sagradas” las poetas que se sujetan a sus anteojeras ideológicas o a sus caprichos sociológicos. Ahora bien, esa moneda tiene otra cara. La torva faz de los pequeños Napoleones literarios, de estos mínimos sumos sacerdotes de la crítica, gendarmes autonombrados de las puertas del parnaso, cuyo delirio auto referencial y bipolar los hace desear intensamente aquello que desdeñan, impertérritos: ser creadores. Estos críticos sostienen que no es necesario rescatar a autoras como Clorinda Matto de Turner, Mercedes Cabello, Juana Manuela Gorriti o Teresa González de Fanning, pues para ellos “sus obras son de segundo o tercer nivel, y de cuarto y quinto en ciertos casos”. Para no pasar por sexistas – lo que en realidad son – sostienen que ningún autor del siglo XIX y de inicios del XX es importante. Esta aseveración podría pasar por polémica si no encerrara un grave defecto: no hay estudios que prueben seriamente el bajo nivel de los escritores anteriores a la generación del cincuenta en el Perú. Y si los hay, gravísimo error, estos críticos no los citan. ¿Dónde está el libro que prueba que las obras de Matto de Turner no tenían nivel? ¿Dónde la tesis que sostiene que Teresa González de Fanning o Magda Portal eran de cuarta categoría? Por citar un solo ejemplo, Aves sin nido fue una de las novelas latinoamericanas más leídas y más debatidas de su tiempo, editada en Lima, Buenos Aires, México, España y Estados Unidos en vida de su autora, y fue el contenido de su obra la que atrajo sobre Matto de Turner la excomunión, la muerte civil y el exilio, algo que no ha ocurrido con ningún escritor peruano ni latinoamericano de su tiempo, conforme ha sido estudiado por la investigadora de Harvard University, Mary Berg, en su tesis Presencia y ausencia de Clorinda Matto de Turner en el panorama literario peruano. A renglón seguido, estos letratenientes de la crítica nos dicen que la iniciadora del realismo / naturalismo de la literatura peruana y latinoamericana, Mercedes Cabello de Carbonera, es de quinto nivel. Seguidora del naturalismo de Émile Zola, esto revela lo actual de su literatura, y lo imbuida que estaba en su tiempo y contexto, la que es estudiada hoy en universidades americanas y europeas. Sin caer en el maniqueísmo feminista de hoy, y sin dejar de ser una escritora y educadora progresista, Mercedes Cabello usa con señorío su apellido de casada. Destaquemos que su esposo, el distinguido médico y maestro Urbano Carbonera, fue el primer médico latinoamericano en estudiar el tétano, y sus trabajos lograron, años más tarde, la formación de la escuela de medicina tropical, primera de su tipo en todo el hemisferio. Finalmente, sin el menor rubor, los Visitadores Areche de la crítica literaria quieren pasar por el garrote vil y luego borrar de la historia a todas las mujeres escritoras peruanas, como Magda Portal, a quien el propio Mariátegui – a quien nadie puede acusar de conservador o liberal – elevó a la categoría de fundadora de la poesía moderna escrita por mujeres en el Perú. Que la supuesta solvencia intelectual de estos críticos no nos aturda. Sus argumentos son de arena: sólo tenemos que hacer nuestra tarea e investigar, para darnos cuenta que nada de lo que dicen es cierto, y que son en verdad unos tigres de papel. Por el contrario, el deber ineludible de las actuales poetas y escritoras, como Eva Velásquez es adentrarse en el contenido literario de sus valientes y talentosas antecesoras, que sin el menor miedo debatieron los temas de su tiempo, asumieron posturas progresistas, se enfrentaron con denuedo a los sectores conservadores y retardatarios de nuestro país, y murieron en su ley, sin acojonarse ni ceder. Eso es mucho más de lo que podemos decir de muchos escritores, poetas y críticos autonombrados de vanguardia en el Perú de hoy. Que el ejemplo de Magda, Mercedes y Clorinda te guíe en tu carrera literaria, Eva. Que el fuego de sus creaciones te ilumine, que nunca te abandone, y que su hondo e inquebrantable amor por el Perú te reconforte en los momentos difíciles que seguro vivirás. Todo lo demás, como sostiene el Verbo, “os será dado por añadidura”. Muchas gracias