LAVAR LA SANGRE. O cómo los socialistas limpian de sus crímenes a los terroristas

La reciente excarcelación en el Perú de la terrorista Lori Berenson pone sobre el tapete la vergonzosa tarea que llevan acometiendo los socialistas latinoamericanos desde hace décadas, cual es limpiar a terroristas y radicales de diverso pelaje de los crímenes que llevaron a cabo contra sus propios pueblos, a quienes supuestamente iban a liberar de la opresión. Que el Che Guevara sea considerado un héroe, o el poeta Javier Heraud un luchador social, que los miembros de las FARC sean perdonados en Colombia o que se denomine intolerantes a quienes no quieren convivir con los terroristas peruanos del MRTA o el PCP–Sendero Luminoso liberados – pero no arrepentidos de sus asesinatos y secuestros – forma parte de una misma estrategia: que la opinión pública latinoamericana atenúe la dureza de su juicio contra quienes quisieron hacer correr ríos de sangre inocente. Para lograrlo, se apela en primer lugar a la proverbial frágil memoria de nuestros pueblos. Se calla en todos los idiomas los crímenes cometidos por los terroristas. Se les borra de los libros de historia y de los materiales de enseñanza en los colegios. Estos predicadores del olvido intentan por todos los medios que nadie recuerde quién pedía mil Vietnam en nuestra región, se consideraba a sí mismo una “fría máquina de matar”, y fue el verdugo personal de más de cien cubanos, a quienes ultimó sin apego alguno al debido proceso ni el respeto a sus derechos humanos. Si usted no lo sabe, estimado lector, es que tal empresa ha tenido éxito. Además, se abusa de palabras como “reconciliación”, “perdón”, “justicia”, “paz” o “tolerancia”, hasta prácticamente despojarlas de contenido y pervertir su significado. Como las comadrejas, a quienes el mito nórdico creía capaces de vaciar un huevo sin quebrar la cáscara, los compañeros de viaje de los guerrilleros, buscan que sus defendidos sean honrados con estos términos y sus detractores acusados de las peores denominaciones: intolerantes, reaccionarios, derechistas y cómplices de las dictaduras. Por supuesto, en ese esfuerzo los socialistas latinoamericanos no escatiman nada, llegando incluso a sacrificar la memoria de sus propios muertos. Como es sabido por diversas fuentes de nuestra historia reciente, que incluye los Informes de las Comisiones de la Verdad por ellos integradas, fueron precisamente las agrupaciones y partidos de la izquierda democrática en América Latina contra quienes más se ensañaron las organizaciones revolucionarias, a quienes les disputaban el espacio que éstas necesitaban para incendiar la pradera e iniciar el paraíso igualitario. En ese esfuerzo, estos falsos apóstoles de la benevolencia se ponen del lado de los victimarios, aniquilando nuevamente a quienes eran sus primos hermanos ideológicos a la vez que sus víctimas. ¿Qué razones pueden esgrimirse para este siniestro cometido? Permítanme esbozar algunas. El horror al vacío, pues en el sistema democrático se mesuran los radicalismos y los diversos partidos se terminan pareciendo todos un poco, siendo preciso distinguirse. La mala conciencia de saber que ellos no tomaron el fusil, no pasaron a la clandestinidad ni se enrolaron en la lucha armada, y que, al defenderlos, se irradia hacia ellos un tenue brillo de la luz revolucionaria. Otro propósito más subalterno es el de tentar con estos actos el financiamiento de organismos no gubernamentales del primer mundo, con lo que comparten esta visión. Sin embargo, cualquiera sea el motivo o coartada al que aludan, la sangre que pretenden lavar no es fácil de quitar. En nombre de todas esas víctimas inocentes, no nos permitamos olvidar a estos criminales revolucionarios, por muchos que sean los empeños de sus cómplices en ocultarlos.