Prólogo al libro "Lima, visiones desde el dibujo y la poesía"

Lima es lo que somos. Una ciudad cercada, partida en muchos pedazos, como el corazón de un adolescente al que no le corresponde el amor. Pero como el espejo, no importa cuán distinta sea cada parte, es idéntica a la otra en cuanto a su propio ser. Quienes dicen que Lima es una ciudad desigual, que no es lo mismo la estera que la casa de arquitectura minimalista, se equivocan. Unos y otros somos prácticamente iguales: negados al espacio público, negados a la cultura, negados a la relación con los demás, negados a entender al otro. Las rejas son las mismas en La Planicie y en Los Olivos. El racismo, la violencia, la incultura, son también las mismas en el arenal como en las residencias. Dado que nos negamos al conocimiento del otro como un igual, de un extremo al otro de la ciudad nos enrejamos, no colocamos aceras, nos olvidamos de los parques, detestamos los teatros, nos excluimos mutuamente. Somos los culpables que Lima sea la némesis de las ciudades modernas, donde los lugares públicos son compartidos sin excepciones por sus citadinos, a despecho de su propia condición económica, racial o social, en Bogotá, París, Madrid o Buenos Aires. Los responsables que Lima sea así no son únicamente los indiferentes ricos, ni tampoco los pobres descamisados. Ambos no quieren oírse ni verse. No quieren conocerse ni por asomo. Por eso Lima es una ciudad muy poblada y poco densa. Por la misma razón, ante un seísmo, morirían por igual en La Molina que en Villa El Salvador. El sector público de Lima tampoco escapa a la perversa necesidad de excluirse y diferenciarse. En tanto que Caracas tiene cinco municipios, Bogotá veinte localidades y Santiago treinta y seis comunas, Lima tiene cuarenta y ocho distritos. Es decir, un distrito por cada seiscientos mil habitantes. Una vez más, esto indiferente a la posición económica de sus habitantes. Unirlos me parece una tarea imposible: como somos citadinos cosméticos y no reales, sólo cuando se intenta hacer de nuestra capital un espacio un tanto más manejable, brota sin rubor ese localismo ramplón, de los labios para afuera únicamente. La antología que presentamos sobre nuestra antigua ciudad, que va camino al medio milenio de existencia, es un prístino reflejo de cómo afecta ese temperamento medieval y anti moderno a espíritus asertivos y sensibles. Para convertir a Lima en una ciudad moderna y viva, es preciso seguir a quienes quieren dotarla de civilidad. Los poetas que habitan esta antología son un buen punto de partida. Los invito a leerlos con atención. A su modo de ver, las exclusiones que nos presentan deben servirnos para corregirlas, para enmendarlas, para sustraernos de ellas. Que su lectura nos señale el camino para hacer de Lima la ciudad que sus artistas en verdad deseamos: moderna, habitable, incluyente.